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La ópera, uno de los géneros más
importantes de la música del siglo XVII, participa del drama, de la escena y de
la música instrumental y vocal. Con el tiempo, se ha convertido en una de
nuestras señas fundamentales de identidad cultural.

Corno
drama musical, la música interviene activamente en el desarrollo argumental de
la ópera, en la descripción de los ambientes y en la fijación de los caracteres
de los distintos personajes. Así pues, música, drama, poesía, artes escénicas y
danza conviven en un género que, además, pone en juego otros elementos
importantes: el director de escena y, en ocasiones, el coreógrafo, parte
decisiva en el sistema.
La
ópera ha suscitado y suscita tomas de postura críticas y protagoniza más
escándalos y honores que otros géneros musicales, quizá debido al interés que
despierta en el público, en su manera de sentir la música, la cultura y su
identidad social.
A lo
largo de su historia, la ópera ha constituido una manifestación de la mentalidad
de la época. Desde sus orígenes en los ambientes de las cortes nobiliarias hasta
el siglo XX, se ha ocupado de ensalzar los valores monárquicos, de criticar
ciertas costumbres morales de la nobleza, de ensalzar a las clases más
desfavorecidas, de difundir idéales políticos y revolucionarios, de justificar
el orden existente o de subvertir los cánones sociales o morales impuestos.
Los orígenes italianos
El
nacimiento de la ópera se relaciona con ciertos géneros dramáticos de tipo
religioso, los misterios y las pastorales que se componen e interpretan durante
el siglo XVI; pero la ópera es un producto humanista, experimental, un ensayo
artístico de un grupo de intelectuales, que, reunidos en Florencia en la etapa
final de dicha centuria, plantearon una alternativa al drama musical del
momento, reivindicando la tragedia y la comedia griegas. Los miembros de este
grupo integraron la denominada Camerata Florentina.
La
Camerata creó un género dramático y musical en un intento por hacer renacer la
música y el teatro griegos. Como la música de la Grecia clásica no se conocía,
surgieron hipótesis y teorías acerca de cómo debía ser la interpretación musical
en la Antigüedad. La tesis principal sostenía que el drama griego era dialogado
y cantado, de tal forma que ¡a inflexión de la declamación vocal no
distorsionaba la transmisión de los textos, cargados muchos de ellos de gran
emotividad y fuerza psicológica.
La
primera experimentación de la Camerata se hizo con canciones en las que se
respetó la declamación verbal hablada, intentando dar a cada sílaba una nota
para que se entendiera todo el texto. Un laúd o un clave hacían de
acompañamiento enriqueciendo armónicamente el canto (incluso con disonancias
para dotar de mayor expresividad algunas partes de la canción más tensas o
dramáticas) y conteniendo el ritmo. Asimismo, los pasajes que interesaba
recalcar por su interés te del intermedio. El resultado fue un trabajo
estructuralmente más equilibrado y musicalmente más rico, más sincronizado con
el desarrollo dramático. De Peri y Caccini adoptó el recitativo con continuo,
aunque lo dotó de mayor fuerza expresiva y dramática. A estos recitativos se
unieron partes cantadas con orquesta, denominadas «recitativo ario-so», y arias,
coros y una orquesta muy desarrollada que interpretaba sinfonías, ritornelii y
danzas.
Roma
y la corte papal se convirtieron en un importante centro de evolución de la
ópera después de la experiencia de Monteverdi. Dos músicos romanos, Benedetto
Ferrari y Francesco Manelli, ante la inminente muerte del papa Urbano VIII, se
trasladaron a Venecia. En esta ciudad comenzaron a componer óperas, pero no para
un auditorio aristocrático o de corte, sino para el público en general, ya que
consideraron que la pujante burguesía veneciana podía financiar representaciones
de este tipo. En 1637 se estrenó el primer teatro de ópera en la cosmopolita
ciudad mediterránea; el Teatro San Cassiano. Fue también en Venecia donde
Monteverdi (L’incoronazíona di Poppea, 1642, e II ritorno d’Ulisse in patria,
1640) continuó su carrera y donde surgieron nuevos compositores, como Cavalli y
Cesti.
Desde
mediados del siglo XVIIy durante el XVIII, Nápoles se transformó en un centro
operístico de primer orden. La escuela napolitana tuvo como maestro indiscutible
a Alessandro Scarlatti (1660-1725), y creó dos subgéneros, la opera seria y la
opera buffa. La ópera seria fue el que tuvo mayor aceptación. Alternaba Los
recitativos para la acción y las arias para la manifestación de los sentimientos
de los personajes. La sinfonía operística napolitana era la encargada de la
obertura. Hacia 1720 surgió la costumbre de interpretar, en los entreactos de la
ópera seria, breves óperas con argumento cómico, a modo de interludios. Surge
así la ópera bufa, cuyo contenido dramático fue deudor de la commedia dell’ arte
italiana. Su estilo vocal es más sencillo que el de la ópera seria. Pergolesi
fue el compositor más déstacado. La serva padrona (1733) es una obra maestra del
género, punto de partida de una modalidad que, si bien se concibió como un mero
entretenimiento cómico, paulatinamente deviene en comedia de tipo social, que
desemboca en la ópera de Mozart y Rossini, a través de una sabia naturalización
del desarrollo escénico con la mezcla de elementos de Las óperas seria y bufa.
La primera ópera francesa
La
ópera francesa mantuvo su independencia de la italiana desde sus orígenes, con
el ballet de cour y la comédie ballet, ambos creados a finales del siglo XVI, y
se consoíidó con la tragédie lyrique de Lully, en la siguiente centuria. Este
último subgénero, al igual que las comedias barrocas francesas, constaba de
cinco actos, recitativos musicales, arias, coros, danzas y una obertura francesa
(que en el siglo XIXse impondrá sobre la sinfonía al estilo napolitano).
Como
reacción a la llegada a París de la ópera bufa italiana de Pergolesi, en 1752 se
creó la opera comique, con textos hablados. La ópera francesa resultó diferente
de la italiana; se tendió más a la utilización del recitativo que a la del aria,
ésta más breve que la italiana y más simple tanto en ritmo como en estructura
(normalmente eran binarias o tenían forma de rondó).
En
suma, la ópera había creado a finales del siglo XVIII un número de modelos fijos
que se difundieron por toda Europa; mientras que en Francia predominaba la ópera
francesa, en el resto de Europa triunfaba lo italiano. Por encima del desarrollo
dramático estaban los cantantes, verdaderos divos y virtuosos de la voz. Ello
desembocó en una profunda reforma, que, desde París, protagonizó Gluck; su Orfeo
y Eurídice, estrenada en 1762, despojó a la acción del ornato y la suntuosidad
barrocas con el objetivo de naturalizar a los personajes y agilizar el
desarrollo dramático. La ópera seria adoptó también los dúos, tercetos o
cuartetos vocales usados en la ópera cómica, al mismo tiempo que ésta utilizaba
personajes hasta el momento coto exclusivo de la ópera seria. Mozart fue, sin
duda, el compositor que remató esta interesante mezcla de subgéneros y el que
culminó la reforma iniciada por Gluck: las bases de la ópera del siglo XIX
estaban sentadas.
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