
Milosevic Slobodan
LA
CABEZA DE MILOSEVIC
de Mario Varga Llosas
MILOSEVIC y YUGOSLAVIA:
En 1918 al finalizar la Primera
Guerra Mundial, Europa dejó de ser el corazón financiero del mundo, y Wall
Street reemplazó a la Bolsa de valores de Londres, y el dólar se hizo moneda
fuerte reemplazando a la libra esterlina.
El mapa político de Europa cambió, y
el imperio austrohúngaro se desmembró, naciendo: Letonia, Hungría,
Checoslovaquia, Austria, Lituania, Estonia, Rumania, Polonia y Yugoslavia.
De esta manera nació la Primera
República de Yugoslavia, tratando de integrar a todas las naciones que rodeaban
a Serbia, una cuestión bastante complicada por las diferencia de etnia,
religiones, culturas, tradiciones, etc. En 1920 una coalición centralista y
conservadora apoyada por los serbios votó una Constitución sin tomar en cuenta
las diferencias culturales antedichas, donde además establecía una monarquía
encabezada por Alejandro I de Serbia, quien cambió el nombre por Reino de
Yugoslavia. Así se mantuvo el gobierno, entre continuos descontentos nacionales,
hasta 1941 cuando los nazi ocuparon ese territorio en la Segunda Guerra Mundial.
Al finalizar la guerra, Alemania devolvió esa zona y nació ahora la Segunda
República Socialista Yugoslava, con un gobierno comunista en manos del mariscal
Josep Tito, pero que nunca aceptó los lineamientos de la Unión Soviética
gobernada por Stalin.
La Republica Socialista de
Yugoslavia estaba formada por seis naciones: Servia, Bosnia, Croacia,
Montenegro, Eslovenia y Macedonia. Más tarde, en 1968, Tito reconoce a la
provincia de Kosovo (90% albaneses y 10 serbios) su autonomía. Esa ciudad
histórica era considerada una ciudad como “sagrada”,pues allí en 1389, los
serbios habían pedido una batalla contra el imperio otomano, quedando bajo su
poder político.
En 1980 muere Tito y se formó un
gobierno de coalición entre las seis naciones, donde los cargos se alternarían
todos los años. El país pasaba una verdadero crisis económica, a su vez que
tenían una abultada deuda externa, de uno 15.000 millones de dólares que
asfixiaba al pueblo. Sumado a la debilidad de gobierno actuante (serbio), las
naciones vieron la posibilidad de separarse e independizarse del predominio
Serbio. (los serbios representan al grupo más poderoso de
Yugoslavia, por lo que siempre dominó y sometió a las naciones que la rodean).
De esta manera fueron naciendo
distintos grupos nacionalistas y separatistas que cobraron fuerza y amenazaron
la estabilidad política de la coalición. En Kosovo la intervención del gobierno
serbio para imponer su autoridad, hizo que se perdiera las relaciones con el
país vecino de Albania.
Serbia desde la muerte de Tito quiso
imponer su autoridad sobre el resto de las naciones de la federación, creando
permanentemente conflictos en cada estado.
A principio de 1986 Milosevic llegó
a la presidencia del partido y se convirtió en el máximo exponente del
nacionalismo serbio dirigiendo una campaña violenta y agresiva contra cualquier
movimiento separatista. Ya en 1989 siendo presidente de Serbia, estableció la
ley marcial en Kosovo, limitó la autonomía de la provincia e inició una limpieza
étnica, por lo que se convirtió en un verdadero genocida.
Los demás estado continuaron con su
política separatista, por lo que Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia,
declararon su independencia, cuando se presentó una crisis constitucional, en
1991. (Milosevic no aceptó a un croata que en la presidencia).
El 27 de abril de 1992 Montenegro y
Serbia, acordaron unirse formando la República Federal de Yugoslavia, que se
declararon las sucesoras del la república Socialista de Tito, admitiendo
tácitamente la independencia de las demás naciones separatistas que ya habían
sido aceptada por la comunidad internacional.
A estos conflictos se los conoce
como la guerra de la antigua Yugoslavia, marcada por un profundo odio racial y
con una violencia tan cruel que recuerda a los tristes momentos del racismo nazi
de 1940.
La OTAN debió intervenir para
pacificar el país.
Serbia quedó maltrecha y
empobrecida.
Nacieron nuevos grupos pero ahora en
contra de Milosevic, para que frene su actitud violenta
Hubo sangrientas guerras civiles y
debieron vaciar Kosovo.
En 1999 fue acusado por crímenes de
guerra y contra la humanidad.
El pueblo pidió su destitución
política.
A Milosevic se lo
conoce como el "Carnicero de los Balcanes"
LA CABEZA
DE MILOSEVIC
De Vargas LLosas
A la
OTAN no hay que reprocharle su intervención en Yugoslavia, sino que
interviniera con diez años de atraso y cometiera el error de anunciar que
excluía toda acción militar terrestre, lo que dio luz verde a la dictadura de
Belgrado para poner en marcha su plan de limpieza étnica de Kosovo, uno de los
crímenes contra la humanidad más horrendos de este siglo, comparable en
naturaleza, aunque no en número, al holocausto judío perpetrado por Hitler o a
los desarraigos de pueblos que llevó a cabo Stalin en su empeño por rusificar la
Unión Soviética.
Como
ha escrito Alain Finkielkraut, la guerra de Kosovo comenzó en 1989, cuando
Slobodan Milosevic, iniciando la frenética campaña de exaltación nacionalista
serbia que le permitió hacerse con el poder absoluto (y, al mismo tiempo,
precipitó la desintegración de la Federación yugoslava), abolió el estatuto de
autonomía de aquella provincia, prohibió a los kosovares albaneses sus escuelas
y toda representatividad pública, y, pese a constituir el noventa por ciento de
la población, los convirtió en ciudadanos de segunda respecto al diez por ciento
restante (la minoría serbia). Si en aquel momento los países occidentales
hubieran apoyado a los demócratas que en Yugoslavia resistían al rollizo
apparatchik que, a fin de consolidarse en el poder, cambió su ideología marxista
por el nacionalismo y provocaba a eslovenos, croatas, bosnios y kosovares con la
amenaza de una hegemonía serbia sobre la Federación para, en el clima de
división y xenofobia así creado, impedir la democratización de Yugoslavia que
hubiera puesto fin a su carrera política, Europa se habría ahorrado los
doscientos mil muertos de Bosnia y los sufrimientos que, desde entonces, padecen
los Balcanes, incluidos, por supuesto, los de los propios serbios.
El
problema no es Kosovo, como no lo fue, antes, el de las otras culturas que
constituían la Federación yugoslava -Eslovenia, Bosnia y Croacia- y son ahora
repúblicas independientes. El problema era y es la dictadura de Milosevic,
fuente principal de los conflictos étnicos y de la explosión histérica de
sentimientos nacionalistas que ha incendiado los Balcanes. Si en Belgrado
hubiera una democracia, la separación de aquellas regiones hubiera podido ser
tan pacífica como el divorcio entre Eslovaquia y la República Checa, que se
llevó a cabo sin disparar un solo tiro. Pero, lo más probable es que, con un
régimen democrático, el estallido de la Federación yugoslava no hubiera ocurrido
y ésta sobreviviera dentro de un sistema flexible, de coexistencia de las
distintas culturas, creencias y tradiciones, a la manera de Suiza o Bélgica.
Que
ésta era la solución sensata lo reconocen ahora, incluso, muchos de los
dirigentes europeos irresponsables, que, por ganar zonas de influencia política
y económica, alentaron la desintegración de Yugoslavia, e incluso subsidiaron y
armaron a los movimientos nacionalistas locales. Esa miopía favoreció al régimen
de Milosevic, que, convertido en símbolo del nacionalismo serbio y ayudado por
una demagógica campaña victimista, ha podido consumar, antes que en Kosovo,
unaverdadera limpieza política interna, eliminando toda forma seria de oposición
y de crítica. No hay duda de que los bombardeos de la OTAN que padece la
población yugoslava benefician extraordinariamente a Milosevic, a quien nadie
puede ahora oponerse en su país sin ser acusado de traición a la Patria.
Pero,
de esta realidad no hay que sacar los argumentos que esgrimen algunas almas
cándidas contra la intervención de la OTAN. Por el contrario, hay que
concluir que la razón de esta intervención, si ella quiere acabar de una vez por
todas con las limpiezas étnicas y los crímenes colectivos en los Balcanes, debe
ser poner fin al régimen autoritario de Milosevic y el establecimiento de un
gobierno de libertad y legalidad en Belgrado. Mientras la cabeza de la
hidra esté intacta, no importa cuántos tentáculos se le corten, éstos se
reproducirán y seguirán emponzoñando Yugoslavia y su contorno.
Se
oponen a esta tesis unos señores a quienes Daniel Cohn-Bendit, en uno de los
mejores artículos que he leído sobre Kosovo, llama "los soberanistas". ¿Quiénes
son? Unos caballeros circunspectos, muy respetuosos de la letra de la ley, para
quienes la intervención aliada en Yugoslavia es una monstruosidad jurídica
porque siendo Kosovo parte integral de aquella nación y los problemas kosovares
un asunto de política interna, la comunidad internacional, al agredir a una
nación soberana, ha puesto en peligro todo el orden jurídico internacional.
Según
este criterio, en nombre de la abstracta soberanía, Milosevic debería tener las
manos libres para limpiar Kosovo mediante el asesinato o la expulsión violenta
de los dos millones de kosovares que estorban sus planes, algo que, por lo
demás, comenzó a hacer, antes de los bombardeos de la OTAN, con la misma
convicción con que Hitler limpiaba Europa de judíos. La soberanía tiene
unos límites, y si un gobierno atropella los derechos humanos más elementales, y
comete crímenes contra la humanidad, con asesinatos colectivos y políticas de
purificación étnica como hace Milosevic, los países democráticos -que, por
fortuna son, hoy, también los más poderosos y prósperos-tienen la obligación de
actuar, para poner un freno a esos crímenes.
Toda
acción armada es terrible, desde luego, porque en ella caen siempre inocentes.
Pero el pacifismo a ultranza sólo favorece a los tiranos y a los fanáticos a los
que ningún escrúpulo de índole moral ataja en sus designios, y, a la postre,
sólo sirve para retardar unas acciones bélicas que terminan causando más
numerosas y peores devastaciones que las que se quiso evitar con la inacción. Si
el Occidente democrático hubiera bombardeado a Hitler cuando Churchill lo pedía,
los veinte millones de muertos de la segunda guerra mundial hubieran sido
bastante menos, y el holocausto no hubiera tenido lugar. Si, durante la guerra
del Golfo el presidente Bush hubiera completado la tarea, deponiendo a Saddam
Hussein y permitiendo a Irak emanciparse del autoritarismo, tal vez ocurriría
allí lo que ocurrió en Panamá luego del desplome de la tiranía de Noriega: el
establecimiento de un régimen civil, que no amenaza a sus vecinos, se rige por
la ley y respeta las libertades públicas.
No se
trata, desde luego, de promover acciones militares sistemáticas de las
democracias avanzadas contra todos los regímenes autoritarios que proliferan por
el mundo. Ésa es una quimera. Y, por lo demás, no es seguro que una democracia
venida en la punta de los fusiles se aclimate y fructifique siempre (aunque así
ha ocurrido en casos tan importantes como los de Alemania y Japón). Sino de
reclamar un orden internacional en el que se exija de todos los regímenes un
mínimo respeto de los derechos humanos y severas sanciones por parte de las
naciones democráticas contra quienes atropellen estos derechos de manera
flagrante, con persecuciones religiosas, raciales o étnicas y asesinatos y
expulsiones de las minorías. Estas sanciones pueden ser económicas y políticas
(que tuvieron éxito en África del Sur y Haití) o, excepcionalmente, militares,
cuando, como en Kosovo, se trata de impedir el exterminio de todo un pueblo
porel delirio nacionalista de un tirano.
A
estas alturas, ya parece evidente que el uso de la palabra "exterminio" calza
como un guante a la operación de Slobodan Milosevic en Kosovo. Ella comenzó
enplena negociación de Rambouillet, con la movilización -en contra de
compromisospactados en octubre pasado- de 40 mil hombres del Ejército yugoslavo
hacia Kosovo, e impermeabilizando la provincia mediante la expulsión de la
prensainternacional. Los testimonios recogidos a través de los refugiados
kosovares en Macedonia y Albania, indican una fría planificación, ejecutada con
precisión científica. En los poblados ocupados, se separa a los jóvenes de los
niños, ancianos y mujeres, y se los ejecuta, a veces haciéndolos cavar primero
sus tumbas. A los sobrevivientes se les da un plazo mínimo para huir hacia el
exterior, luego de despojarlos de los documentos personales. Los registros
públicos desaparecen quemados, así como toda documentación que acredite que
aquellos kosovares fueron propietarios de casas, tierras o, incluso, de que
alguna vez vivieron allí, o existieron. La última etapa de la operación, cuando
según ACNUR más de medio millón de kosovares han sido echados al extranjero y
unos doscientos cincuenta mil desplazados dentro de Kosovo, ha sido cerrar las
fronteras, para convertir a los kosovares que quedan en el interior en escudos
humanos contra los bombardeos y una posible acción militar terrestre de los
aliados. En cualquier caso, es evidente que el objetivo de Milosevic es la
limpieza étnica: hacer de Kosovo una provincia ciento por ciento serbia y
ortodoxa, sin rastro de musulmanes ni albaneses.
¿Tiene alguna relación la tardanza de la comunidad internacional en actuar
contra Milosevic el hecho de que sus víctimas sean musulmanes? Me temo que
sí,como la tuvo, cuando Hitler, la demora de los aliados en declarar la guerra
el que fueran judíos las víctimas del holocausto. Tengo la certeza que, de ser
cristiana la comunidad que experimentó los padecimientos y exacciones que
soportaron los bosnios, o padecen ahora los kosovares, la reacción de la opinión
pública y de los gobiernos occidentales hubiera sido más pronta, y que jamás
hubiera habido en Occidente tan amplios sectores empeñados en que sus gobiernos
se crucen de brazos frente a aquellos crímenes. Es algo que no se dice, o se
dice sólo en voz baja y entre gentes de confianza: ¿no estamos creando un Moloch
entre nosotros? ¿Queremos un régimen islámico fundamentalista aliado de Gaddafi,
Saddam Hussein y los ayatolas en el corazón de Europa? ¿No están, en cierto
modo, Milosevic y los serbios luchando ahora, como el 28 de junio de 1389 lo
hicieron el príncipe Lazar y los serbios de entonces, también en Kosovo, contra
la bárbara y fanática Media Luna, sempiterna enemiga de la Europa cristiana y
civilizada? Aunque parezca mentira, hay demócratas sensibles a estos a la
intervención militar para salvar a los kosovares de la aniquilación, superan las
cifras electorales que alcanzan habitualmente los partidos comunistas y
Neofascistas, hermanados ahora, una vez más, como cuando el pacto Molotov-von
Ribbentrop, en su campaña pacifista contra la OTAN.
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