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| PRIMER ENVENENADOR ARGENTINO |
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Luis
Castruccio decidió poner un aviso en los diarios buscando un criado (a quien
matar). Habían pasado 10 años desde que llegara desde Italia y se había cansando
de los corretajes comerciales. La vida no le había dado grandes cosas, apenas un
cerebro embotado. Era de baja estatura, de cabellos rubios y lacios, ojos
azules, cabeza grande y redonda y brazos largos. Corría 1888 y tenía 25 años.
En el aviso pedía un chico de 7 o 9 años para "servir a su señor", con educación
garantizada. Su plan se derrumbó y no por falta de oferentes. Consistía en
hacerse beneficiario de un seguro de vida y cometer el crimen perfecto. Pero no
encontró ninguna compañía que aceptase el convenio pues les parecía inmoral que
un adulto sin parentezco sea beneficiario del seguro de un nene.
Puso otro tipo de aviso, pidiendo mucamo, y tomó al primero que se presentó,
Alberto Bouchot Constantin, un francés sin parientes en la Argentina. A este sí
lo aseguró, haciéndose pasar por el cuñado. Compró, con receta falsa, 20 gramos
de arsénico y se lo fue dando en las comidas. En la agonía del pobre Constantín,
le tapó la nariz y la boca. Nunca se sabrá si fue piedad o apuro.
Llamó a la compañía de seguros, pero sospecharon de inmediato porque había
pasado poco tiempo desde el contrato.
Las autoridades judiciales ordenaron la autopsia y agregaron que Castruccio
debía estar presente. Los médicos descubrieron el arsénico y la asfixia.
Tomándole la mano al muerto, Castruccio confesó su dolor por el fracaso
comercial.
Fue condenado a muerte.
Mientras iba hacia el pelotón de fusilamiento en la Penitenciaría Nacional, de
la mano de un cura, llegó el indulto. Castruccio no advirtió que ese día no iba
a morir.
Pasó 20 años preso y su cerebro daba cada vez menos señales de cordura. Hasta
que lo mandaron al Hospicio de las Mercedes. Allí murió el primer envenenador
argentino, balbuceando cosas sobre arsénico y dinero
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